Había una vez un cafre que cada vez que conocía a una tía le marcaba un precio.
Si la tía era un cardo, no le ponía más de 10 euros.
Si la tía estaba muy buena, podía tasarla hasta en 500, 1.000, o 5.000.
Ese precio correspondía al tope que invertiría en ella para follársela.
En el cardo no gastaría más de 10 euros; un cubata, por ejemplo.
En la tía buena podría invertir hasta 5.000; llevársela de vacaciones o comprarle un bolso de Hermés.
Si el cafre llegaba a esa cantidad antes de follársela, automáticamente pasaba de ella y buscaba un nuevo objetivo.
Así de fácil. Así de eficiente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario